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Pasajes de libros: La tumba de las Luciérnagas, Akiyuki Nosaka

Akiyuki Nosaka es una celebridad en Japón (Kamakura, 1930). Damnificado de Kobe, su vida fue la de un huérfano vagabundo y adquirió, en palabras suyas, sobrada experiencia en la «escuela de las ruinas calcinadas y del mercado negro». Luchador de boxeo rápido, cantante pop y figura pública, se hizo famoso con una novela delirante, Los pornógrafos (1966), pero las obras que les mostramos lo ha convertido en una de las figuras más importantes de la literatura de posguerra.



Su novela breve "La tumba de las luciérnagas" narra la travesía que dos hermanos huérfanos deben hacer durante un bombardeo en medio de la Segunda Guerra Mundial. Ha sido llevada al cine de animación; convirtiéndose en una de las películas animadas más importantes del Siglo XX y al Cine Live Action.








La Tumba de las Luciérnagas


(fragmento)




En la madrugada del veintiuno de septiembre del año veinte de Shôwa,[1] un día después de que se aprobara la Ley General de Protección a los Huérfanos de Guerra, el empleado de la estación que inspeccionaba medrosamente las ropas infestadas de piojos de Seita descubrió bajo la faja una latita de caramelos e intentó abrirla, pero, tal vez por estar oxidada, la tapa no cedió: «¿Qué es eso?», «¡Déjalo ya! ¡Tira esa porquería!», «Este tampoco durará mucho. Cuando te miran con esos ojos vacíos, ya no hay nada que hacer...», dijo uno de ellos, observando el rostro cabizbajo de otro niño vagabundo, más pequeño aún que Seita, sentado junto al cadáver que, antes de que vinieran a recogerlo del ayuntamiento, seguía sin cubrirlo ni una estera de paja; cuando agitó la latita como si no supiera qué hacer con ella, sonó un clic-clic, y el empleado, con un impulso de béisbol, la arrojó entre las ruinas calcinadas de delante de la estación, a un rincón oscuro donde ya había crecido la hierba espesa del verano; al caer, la tapa se desprendió, se esparció un polvillo blanco y tres pequeños trozos de hueso rodaron por el suelo espantando a veinte o treinta luciérnagas diseminadas por la hierba que echaron a volar precipitadamente en todas direcciones, entre parpadeos de luz, apaciguándose al instante.




Aquellos huesos blancos eran de la hermana pequeña de Seita, Setsuko, que había muerto el veintidós de agosto en una cueva de Manchitani, Nishinomiya; la enfermedad que la condujo a la muerte era llamada enteritis aguda; en realidad, incapaz a sus cuatro años de sostenerse en pie y rendida por la somnolencia, la muerte le llegó, como a su hermano, por una debilidad extrema debida al hambre.



El cinco de junio, Kobe fue bombardeado por una formación de trescientos cincuenta b-29 y los cinco barrios de Fukiai, Ikuta, Nada, Suma y Higashi-Kobe quedaron reducidos a cenizas; Seita, estudiante de tercer año de bachillerato, movilizado en un pelotón de trabajo, iba por entonces a la acería de Kobe, pero aquel día, jornada de restricción de luz, se encontraba en su casa, cerca de la playa de Mikage, cuando se anunció el estado de alerta, así que decidió enterrar en el huerto, al fondo del jardín, entre tomates, berenjenas, pepinos y pequeñas legumbres, un brasero de porcelana de Seto en el cual, según un plan preconcebido, había metido el arroz, los huevos, la soja, el bonito seco, la mantequilla, los arenques secos, las ciruelas conservadas en sal, la sacarina y los huevos en polvo de la cocina, y lo cubrió con tierra, tomó en brazos a Setsuko, de quien su madre, enferma, no podía ocuparse, y se la cargó a la espalda, arrancó del marco una fotografía donde posaba en uniforme de gala su padre, un teniente de navío de quien no tenían noticias desde que había embarcado en una fragata, y se la escondió en el pecho; tras los dos bombardeos del diecisiete de marzo y del once de mayo, sabía que, acompañado de una mujer y de una niña, le sería completamente imposible sofocar una bomba incendiaria y que la zanja excavada en el suelo de su casa no le ofrecería protección alguna; así que, ante todo, envió a su madre al refugio antiaéreo reforzado con hormigón que la comunidad de vecinos había instalado detrás del parque de bomberos y, cuando empezaba a embutir en una mochila los trajes de paisano de su padre que estaban en el armario ropero, todas las campanas de los puestos de vigilancia antiaérea sonaron al unísono con un repiqueteo extrañamente alegre; apenas hubo corrido al recibidor, Seita se vio envuelto por el estruendo de bombas que se estrellaban contra el suelo; tras la primera oleada, debido a aquel estrépito espantoso, tuvo la alucinación de que había vuelto de repente el silencio, aunque el retumbar opresivo, ¡rrrrr!, ¡rrrrr!, de los motores de los b-29 no cesaba un instante; hasta aquel día, al volverse y levantar los ojos hacia lo alto, sólo había contemplado, agazapado en el refugio antiaéreo de la fábrica, innumerables estelas que surcaban el cielo tras una infinidad de puntitos diminutos que volaban hacia el este, o bien, apenas cinco días antes, durante el bombardeo a Osaka, un enjambre parecido a un banco de peces que se deslizaba entre las nubes, allá en lo alto, por el cielo de la bahía de Osaka; pero ahora, aquellas enormes figuras volaban tan bajo que, en su ruta desde el mar a la montaña, antes de desaparecer por el oeste, incluso podían distinguirse las gruesas líneas trazadas en el vientre de los fuselajes y el bascular de las alas; las bombas retumbaron de nuevo y Seita quedó inmóvil, clavado en el suelo, como si el aire se hubiera solidificado de repente; se oyó entonces un metálico clinc-clanc: una bomba incendiaria de color azul.


(1) Año 1945 de nuestro calendario. (N. de los T.)

Pasajes de libros: Asesinato al profe de Matemáticas de Jordi Sierra




A cuadros. Era peor de lo que se había imaginado en
su sueño más pesimista. Estaba a cuadros.
Adela levantó la vista de las preguntas. Había respondido
sólo a dos. Eso era un cuatro. Miró en dirección
a Nico, que estaba a su lado, y también hacia Luc,
detrás de Nico. Los dos tenían la misma cara de angustia,
de dolor de estómago recalcitrante, de mareo
intenso, tez pálida, congestión ocular, cara de pasmo,
como si aquello no pudiera ir con ellos. Contemplaban
sus exámenes absortos.


Tal vez esperando un milagro.
En las novelas policiacas siempre aparecía una pista
de última hora, un dato perdido que conducía directamente
al culpable. En los libros de ciencia ficción
todo se solucionaba con una batalla galáctica aquí o
una invasión de alienígenas buenos allá. En los de fantasía,
el mago de turno o el héroe de siempre lo solucionaba
todo cuando más perdido parecía. En los cómics
no fallaba una. Y en los videojuegos, siempre
había un camino, o tres vidas con las que conseguirlo,
o cualquier invento, atajo o truco para completar la
partida.


Sólo en la vida real, y más aún en la dura realidad
de las matemáticas, si no se sabía resolver un problema,
no se sabía y punto. No había que darle más
vueltas.


Adela suspiró. Dejó de contemplar a sus dos amigos
y levantó la cabeza. Se encontró con los ojos de
Felipe Romero. Eso la hizo empalidecer. Si pudiera resolver
un problema más. Sólo uno.


—Cinco minutos —avisó el profesor de matemáticas.


Cinco minutos. O cien, ¿qué más daba?
Leyó el enunciado de uno de los problemas. O estaba
en blanco o no lo entendía o lo intentaba y se
perdía...


—¡Maldita sea! —rezongó.


Marcelina Sanjuán y Bernabé de Pedro se levantaron
para entregar sus exámenes. Los primeros. Como
siempre. Les sobraban cinco minutos y encima tendrían
las notas más altas. ¡Qué suerte! Claro que el padre de
Marcelina era físico nuclear. Seguro que eso contaba,
al menos en los genes. Bernabé, en cambio, es que era
así de listo. Un cerebrito.


Su único y lejano consuelo era que incluso Einstein
había sido malo en matemáticas.
Pasaron los minutos finales.


—Venga, recoged —anunció Felipe Romero.


Comenzaron a levantarse todos, excepto un par que
siguió escribiendo a toda prisa y ellos tres. Nico y Luc
la miraron. No hacía falta decir gran cosa. Si al menos
uno aprobara...


—Vamos, vamos —los apremió el profesor.


Se pusieron en pie los últimos, caminaron hasta la
tarima y la mesa, y depositaron sus exámenes encima
del montón de hojas escritas. Rehuyeron los ojos del
maestro, pero sintieron su mirada fija en sus cuerpos.
Cuando salieron fuera no se detuvieron para enfrentarse
a las preguntas de los demás, que discutían sobre
el tercer problema o el resultado del cuarto, unos dando
saltos por el éxito y otros lamentando el error cometido
al darse cuenta ahora del detalle no apreciado. Ninguno
habló hasta llegar abajo y ninguno cometió la torpeza
de preguntar: «Qué tal».


—¡Jo! —se dejó llevar por los nervios Adela.


—En blanco, me he quedado en blanco con ese dichoso
tercer problema. ¡Y creo que lo sabía resolver,
pero...!


—A mí me ha pasado lo mismo —le dijo Luc a
Nico—. Si es que no puedo. Yo del dos más dos no
paso, y me importa un pito que sean cuatro o veintidós.


¿De qué sirven los quebrados en la vida real, a
ver?


—¿O saber cuánto mide el radio de una circunferencia? —lo apoyó rotundo Nico.




—Estamos cateados, eso sí es un hecho —puso el
dedo en la llaga Adela.


—Vamos a pasar un verano genial —se estremeció
Luc.


—Y en septiembre estaremos igual —se dejó llevar
por el abatimiento Nico.


—¡Toda la vida intentando aprobar este examen!


Las palabras de Adela fueron como un agujero negro
que los devoró, arrastrándolos hacia la oscuridad
total. Como tres almas en pena salieron del colegio y
echaron a andar hacia sus casas, las tres en el mismo
barrio y en la misma dirección. Lucía el sol, pero los
nubarrones de su ánimo eran lo suficientemente espesos
como para no dejarles ver nada. La vida era un redomado
asco. Y más la del estudiante cateado.


—Ahora mi padre me preguntará cómo me ha ido —gimió Luc.


—Toma, y el mío —manifestó Nico.


—Y el mío —corroboró en último lugar Adela.


—No sé por qué se empeñan tanto en lo de las
matemáticas —siguió Luc—. Mi tío Federico no sabe
ni sumar, pero está forrado. Los números se los llevan
los contables y los administrativos, que para eso
están.


—Pues ya me dirás para qué me van a servir a mí
las matemáticas si quiero ser periodista —dijo Adela.


—Desde luego son... —se quedó sin palabras Nico.


A mitad de camino estaba el solar. Era un gran espacio
derruido en el que se decía que iban a construir
un multicine y un aparcamiento y tal vez un centro comercial.
Se decía. Lo cierto era que llevaba así muchos
años, desde antes de nacer ellos tres. Y a falta de
un parque cercano, porque el más próximo estaba a
diez minutos al otro lado del colegio, les servía como
punto de reunión y juegos.


Se metieron en él y se sentaron en sus respectivas
piedras. No tenían muchas ganas de llegar a casa.


—Si por lo menos pasáramos el verano juntos —fue
la primera en hablar Adela.


A ella se la llevaban sus padres al pueblo, en la sierra.
Luc se marchaba a la playa. Nico era el único que
no se movía.


—Me pondrán de profesor de verano a un impresentable
pedante y estúpido que babea por el culo de mi
hermana y se hace el notas, fanfarroneando lo que puede
para impresionarla a ella y a mis padres —se hundió
Luc—. Y cada tarde, mientras los demás están jugando
o en la playa o leyendo o lo que sea, yo a pringar.


—A mí me dará clases mi prima, que aún es peor —le secundó Nico—. Es una pava que no veas, creída
y tonta del copón —dijo tonta alargando la o con generosidad.


—Conmigo no sé lo que harán —reconoció Adela—.


No estamos sobrados de dinero, y me parece mal
que mis padres tengan que gastárselo por algo así,
porque parezco tonta. Empiezan con lo mismo que el
profe —cambió de tono y se puso a gemir diciendo—:
¡Oh, la nena, con lo lista que parece, porque tonta no
es!, ¿verdad? —se recuperó y agregó—: Los mataría.


Me ponen enferma.
Dejaron de hablar. No querían quejarse más. Pero
tampoco tenían ganas de jugar a nada. El mundo era
un inmenso erial sin atractivos. El que hubiese inventado
las matemáticas tenía que ser por fuerza un amargado,
un viejo cascarrabias sin nada de provecho que
hacer, uno que odiase a la humanidad entera, y más
aún a los niños, porque a ver: ¿quiénes estudiaban matemáticas,
los mayores? ¡Ah, no, los niños y sólo los
niños! ¡Para fastidiar!


Y aún decían que eran estupendas y divertidas y...
Estaban pensando esto mismo los tres, al alimón,
sintonizados mentalmente, cuando vieron el coche de
Felipe Romero en la calle, circulando a velocidad muy
reducida y con él asomado a la ventanilla. Parecía como
si los buscase. Y al verlos, detuvo el vehículo.


—Oh, no —musitó sin apenas voz Nico.


El profesor de matemáticas bajó del Galáctico, aunque
también lo llamaban el Odisea. El motivo era simple:
además de las letras de rigor, el número de la matrícula
era 2001, como la película de Stanley Kubrick,
2001, una odisea del espacio. Y es que, encima, el
coche se las traía. Era más viejo que Matusalén, un modelo
de treinta años atrás, de cuando empezaron las
combinaciones de letras y números en las matrículas.


—¿Habremos aprobado y viene a decírnoslo?
Adela y Luc miraron a Nico. Ni en su más desaforado
optimismo podían imaginar tal milagro.
Aunque, desde luego, el maestro tampoco tenía aspecto
de querer hurgar más en su herida.
Contuvieron la respiración hasta que llegó a su
lado.

Fragmentos de libros: City de Alessandro Baricco

Portada del Álbum: City Reading de AIR




Hermosa es la puta de Closingtown, hermosa. Negros son los cabellos de la puta de Closingtown, negros. Hay decenas de libros en su habitación, en el primer piso del saloon, que lee mientras espera, historias con un principio y un final, si se lo pides, te las contará. Joven es la puta de Closingtown, joven. Al tenerte entre sus piernas te susurra: amor mío.
Decía Shatzy que costaba como cuatro cervezas.
Sed de ella en los pantalones de toda la ciudad.
Ateniéndonos a los hechos, ella fue hasta allí para ser maestra. Habían convertido la escuela en un almacén, desde que se marchara la señorita McGuy. Y, en un momento dado, llegó ella. Lo arregló todo y los chiquillos empezaron a comprar libretas, lápices y todo lo demás. Según Shatzy, sabía lo que se hacía, y utilizaba libros comprensibles. Incluso hasta los muchachos mayores le encontraron el gusto, iban cuando podían, la maestra era hermosa, y al final conseguían leer las frases escritas bajo los rostros de los bandidos, los que colgaban en la oficina del sheriff Se trataba de chicos que ya eran hombres. Ella cometió el error de quedarse, a solas, con uno de ellos en la escuela vacía, una tarde cualquiera. Se abrazó a él, e hicieron el amor con todas las ganas del mundo. Después, cuando aquel asunto dio en saberse, los hombres habrían hecho oídos sordos, pero las mujeres dijeron que era una puta, y no una maestra.
En efecto, dijo ella.
Cerró la escuela y empezó a trabajar al otro lado de la calle, en una habitación del primer piso del saloon. Sutiles son las manos de la puta de Closingtown, sutiles. Se llamaba Fanny.
Todos la querían, pero sólo uno la amaba, y era Pat Cobhan. Se quedaba abajo, bebía cervezas, y esperaba. Cuando había terminado, ella bajaba.
Hola, Fanny.
Hola.
Iban arriba y abajo, desde el principio hasta el final de la ciudad, agarrados, en la oscuridad, y hablando de aquel viento que nunca cesaba.
Buenas noches, Fannv.
Buenas noches.
Pat Cobhan tenía diecisiete años. Verdes eran los ojos de la puta de Closingtown, verdes.
Si quieres entender su historia —decía Shatzy— tienes que saber cuántos disparos tenía en aquel tiempo un revólver. Seis.
Ella decía que era un número perfecto. Piénsalo. Y haz sonar ese ritmo. Seis disparos, uno dos tres cuatro cinco seis. Perfecto. ¿No oyes el silencio, después? Ése sí que es un silencio. Uno dos tres cuatro. Cinco seis. Silencio. Es como una respiración. Cada seis disparos es una respiración. Puedes respirar rápidamente, o lentamente, pero cada respiración es perfecta. Uno dos tres cuatro cinco. Seis. Respira el silencio, ahora.
¿Cuántos disparos tenía un revólver?
Seis.
Y entonces te contaba aquella historia.
Pat Cobhan ríe por lo bajo, con espuma de cerveza en la barba y olor a caballo en las manos. Hay un violinista que toca y que tiene un perro amaestrado. La gente le tira una moneda, el perro va a recogerla y luego vuelve hacia su amo, caminando sobre las patas traseras, y le mete la moneda en el bolsillo. El violinista está ciego. Pat Cobhan ríe.

Pasajes de libros: Opio en las Nubes

Llega Amarilla de una fiesta y me dice oye Pink cómo vas? Y yo le contesto bien, todo va bien. Salvo mi corazón, todo va bien. Amarilla tiene el pelo revuelto, me acaricia y yo le doy un arañazo en una nalga, como para no perder la costumbre. Amarilla se dirige a la cocina y se prepara un café, mira por la ventana, se acaricia el pelo y me dice que la vaina está jodida y yo pienso que en verdad todo está jodido. Los árboles están jodidos, las calles están jodidas, el cielo está jodido. Las palomas están jodidas. Mierda. Yo también estoy como jodido. Me dan ganas de ahogarme en salsa de tomate.
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Amarilla prepara algo para almorzar. Alguna receta con tomates. Fuma mientras pela los tomates. Dice que ayer fue a presentar una entrevista para un trabajo en una fábrica. Creo que una entrevista para un trabajo es algo así:
Nombre: Amarilla.
Estado Civil: soltera.
Religión: ninguna conocida; alguna vez intentó ser hare krisna pero la cogieron comiendo una hamburguesa grasienta y la expulsaron. Pero se había leído parte del Libro de los Vedas. Después intentó ser vegetariana. Tampoco funcionó. Por último se metió a una liga que defendía las ballenas. Hasta donde sabía su madre la bautizó. También hizo la primera comunión en la Iglesia de Jesucristo Obrero.
Sexo: Perdió la virginidad en el asiento trasero de un viejo Ford, en una noche de verano.
Dirección: avenida Blanchot.
Enfermedades: las de la niñez y alguna que otra infección pasajera, sin importancia.
Experiencia laboral: mesera de bar, acomodadora en cine, alguna vez vendió lotería, traductora.
Estudios: empezó a estudiar de noche inglés y computación, pero la echaron a mitad de semestre porque un malparido profesor se lo pidió.
Idiomas: algo de inglés. Se sabía toda la canción Copacabana de Barry Manilow.
Comemos en silencio. Amarilla me dice que tiene ganas de hacer una siesta porque siempre que duerme a esa hora sueña con barquitos de papel en la mitad de un cielo azulito. Pienso en sus nalguitas rosaditas trip trip trip.
Tomado de: Opio en las Nubes de Rafael Chaparro

¿Qué es NienPintura?


Un grupo literario, casi nuevo, del Ecuador.