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Fragmentos

Maybe happiness didn't have to be about the big, sweeping circumstances, about having everything in your life in place. Maybe it was about stringing together a bunch of small pleasures. Wearing slippers and watching the Miss Universe contest. Eating a brownie with vanilla ice cream. Getting to level seven in Dragon Master and knowing there are twenty levels to go.

Maybe happiness was just a matter of the little upticks -the traffic signal that said walk the second you got there -and downticks- the itchy tag at the back of your collar - that happened to every person in the course of a day. Maybe everybody had the same allotted measure of happiness within each day.
Maybe, it didn't matter if you were a world-famous heartthrob or a painful geek. Maybe it didn't matter if your friend was possibly dying.
Maybe you just got through it. Maybe that was all you could ask for.

Page 282. The Sisterhood of the Traveling Pants.

Fragmentos

Me vino a la memoria una historia que había leido no sé dónde de tiempo atrás. Hablaba de un hombre que comía y bebía sin parar mientras esperaba no sé qué. Tuve que hacer serios esfuerzos para, al final, recordar que se trataba de Adiós a las armas de Hemingway. El protagonista (del nombre no me acuerdo) huye de Italia a Suiza en un bote. Allí, en una pequeña ciudad, espera a que su mujer dé a luz y, mientras tanto, entra una y otra vez en el café de enfrente para comer y beber. Apenas me acordaba del argumento. Lo único que recordaba era esa escena, cerca del final, en la que el protagonista no para de comer y beber mientras espera en un país extranjero a que su mujer dé a luz. Lo recordaba porque me pareció que transmitía una fuerte sensación de realismo. Me parecía más verosímil que, en literatura, la ansiedad despertara un hambre canina en vez de impedir la ingestión de un solo bocado.


En la realidad, a diferencia de Adiós a las armas, mientras esperaba paciente a que algo sucediera, encerrado en aquella casa silenciosa mirando las agujas del reloj, yo apenas sentí apetito. Y entonces, de repente, se me ocurrió preguntarme si esta falta de apetito no sería fruto de mi carencia de realismo literario. Tuve la impresión de formar parte de una novela mal escrita. Y de que alguien me acusaba diciendo: "No eres verosímil". Quizá fuera verdad.

-Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Maxi en Tusquets, edición de febrero del 2008, página 257.

Fragmentos de libros: City de Alessandro Baricco

Portada del Álbum: City Reading de AIR




Hermosa es la puta de Closingtown, hermosa. Negros son los cabellos de la puta de Closingtown, negros. Hay decenas de libros en su habitación, en el primer piso del saloon, que lee mientras espera, historias con un principio y un final, si se lo pides, te las contará. Joven es la puta de Closingtown, joven. Al tenerte entre sus piernas te susurra: amor mío.
Decía Shatzy que costaba como cuatro cervezas.
Sed de ella en los pantalones de toda la ciudad.
Ateniéndonos a los hechos, ella fue hasta allí para ser maestra. Habían convertido la escuela en un almacén, desde que se marchara la señorita McGuy. Y, en un momento dado, llegó ella. Lo arregló todo y los chiquillos empezaron a comprar libretas, lápices y todo lo demás. Según Shatzy, sabía lo que se hacía, y utilizaba libros comprensibles. Incluso hasta los muchachos mayores le encontraron el gusto, iban cuando podían, la maestra era hermosa, y al final conseguían leer las frases escritas bajo los rostros de los bandidos, los que colgaban en la oficina del sheriff Se trataba de chicos que ya eran hombres. Ella cometió el error de quedarse, a solas, con uno de ellos en la escuela vacía, una tarde cualquiera. Se abrazó a él, e hicieron el amor con todas las ganas del mundo. Después, cuando aquel asunto dio en saberse, los hombres habrían hecho oídos sordos, pero las mujeres dijeron que era una puta, y no una maestra.
En efecto, dijo ella.
Cerró la escuela y empezó a trabajar al otro lado de la calle, en una habitación del primer piso del saloon. Sutiles son las manos de la puta de Closingtown, sutiles. Se llamaba Fanny.
Todos la querían, pero sólo uno la amaba, y era Pat Cobhan. Se quedaba abajo, bebía cervezas, y esperaba. Cuando había terminado, ella bajaba.
Hola, Fanny.
Hola.
Iban arriba y abajo, desde el principio hasta el final de la ciudad, agarrados, en la oscuridad, y hablando de aquel viento que nunca cesaba.
Buenas noches, Fannv.
Buenas noches.
Pat Cobhan tenía diecisiete años. Verdes eran los ojos de la puta de Closingtown, verdes.
Si quieres entender su historia —decía Shatzy— tienes que saber cuántos disparos tenía en aquel tiempo un revólver. Seis.
Ella decía que era un número perfecto. Piénsalo. Y haz sonar ese ritmo. Seis disparos, uno dos tres cuatro cinco seis. Perfecto. ¿No oyes el silencio, después? Ése sí que es un silencio. Uno dos tres cuatro. Cinco seis. Silencio. Es como una respiración. Cada seis disparos es una respiración. Puedes respirar rápidamente, o lentamente, pero cada respiración es perfecta. Uno dos tres cuatro cinco. Seis. Respira el silencio, ahora.
¿Cuántos disparos tenía un revólver?
Seis.
Y entonces te contaba aquella historia.
Pat Cobhan ríe por lo bajo, con espuma de cerveza en la barba y olor a caballo en las manos. Hay un violinista que toca y que tiene un perro amaestrado. La gente le tira una moneda, el perro va a recogerla y luego vuelve hacia su amo, caminando sobre las patas traseras, y le mete la moneda en el bolsillo. El violinista está ciego. Pat Cobhan ríe.

Fragmentos

Su primer amor le llegó a los ocho años. En el colegio, se enamoró del profesor de lengua española. Humberto Álvarez del Castillo. Se dio cuenta el día que le dijo que su letra era hermosa, y que era la mejor de la clase. Era maravilloso cuando enseñaba a conjugar verbos, y la hescritora escribía, yo amo, tú amas, el ama, nosotros amamos, y suspiraba de amor, y para sus adentros, la hescritora repetía, yo te amo, tú me amas, y mirando a todo el mundo, con orgullo, gritaba en silencio, él me ama, sí, él me ama. Y su amor por el profesor era tan evidente que sus compañeras de clase se dieron cuenta y se reían de ella, pero entonces la futura escritora le amaba más. Por aquella época, cada vez que tomaba sopa de letras, en la cuchara siempre aparecía la palabra amor, y notaba como crecía dentro de su estómago. Y nunca mejor dicho que sentía el amor hasta en la sopa. La H de Humberto, que letra tan hermosa. Sin darse cuenta la hescritora empezó a escribir la h donde no debía: Hel himperio Romano hempezó su decadencia con la hera cristiana; los Halpes habarcaban parte del territorio heuropeo; la haceleración de los hobjetos hestá relacionada con la gravedad. Y le costó más de una bofetada: suspendió en casi todas las materias por sus faltas de ortografía. Pero la escritora estaba exultante por haber aprobado, la asignautra más importante del mundo: la del amor que sentía por él. Viva la letra H. Toda su libreta hestaba hinvadida de corazones y de letras h, y cuando le entregaba sus hejercicios y sus manos se rozaban, la hescritora sentía sentía hunos hescalofríos que recorrían todo su cuerpo, y cuando hacababan las clases, hella le seguía, y que bien caminaba. Hasta que hun día el profesor hanunció a sus alumnos que se iba a casar. La hescritora, al escuchar sus palabras, se levantó a media clase y vomitó mientras salía corriendo del colegio. Deambuló por las calles hasta la noche, con los ojos inundados de dolor, de lágrimas rabiosas, y suerte de la abuela, que la consoló con todo su cariño. Y también con algo nuevo que se inventó: una pastilla invisible, qué, según le dijo, aliviaba la tristeza. La hescritora se la tomó y realmente se sintió mucho mejor. La abuela le aconsejó que siempre que estuviera triste se la tomara. También la obligó a sentarse frente a un papel y a escribir una enorme letra P:

P

-Siempre que quieras desahogarte, imagina que estás frente a la letra P, y golpea su barriga con todas las fuerzas hasta que logres descargar tu ira.

Cuca Canals, La hescritora, España, Plaza y Janes, pp. 41-42.

¿Qué es NienPintura?


Un grupo literario, casi nuevo, del Ecuador.