Maybe happiness didn't have to be about the big, sweeping circumstances, about having everything in your life in place. Maybe it was about stringing together a bunch of small pleasures. Wearing slippers and watching the Miss Universe contest. Eating a brownie with vanilla ice cream. Getting to level seven in Dragon Master and knowing there are twenty levels to go.
Fragmentos
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Fragmentos
Me vino a la memoria una historia que había leido no sé dónde de tiempo atrás. Hablaba de un hombre que comía y bebía sin parar mientras esperaba no sé qué. Tuve que hacer serios esfuerzos para, al final, recordar que se trataba de Adiós a las armas de Hemingway. El protagonista (del nombre no me acuerdo) huye de Italia a Suiza en un bote. Allí, en una pequeña ciudad, espera a que su mujer dé a luz y, mientras tanto, entra una y otra vez en el café de enfrente para comer y beber. Apenas me acordaba del argumento. Lo único que recordaba era esa escena, cerca del final, en la que el protagonista no para de comer y beber mientras espera en un país extranjero a que su mujer dé a luz. Lo recordaba porque me pareció que transmitía una fuerte sensación de realismo. Me parecía más verosímil que, en literatura, la ansiedad despertara un hambre canina en vez de impedir la ingestión de un solo bocado.
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Fragmentos de libros: City de Alessandro Baricco
Decía Shatzy que costaba como cuatro cervezas.
Sed de ella en los pantalones de toda la ciudad.
Ateniéndonos a los hechos, ella fue hasta allí para ser maestra. Habían convertido la escuela en un almacén, desde que se marchara la señorita McGuy. Y, en un momento dado, llegó ella. Lo arregló todo y los chiquillos empezaron a comprar libretas, lápices y todo lo demás. Según Shatzy, sabía lo que se hacía, y utilizaba libros comprensibles. Incluso hasta los muchachos mayores le encontraron el gusto, iban cuando podían, la maestra era hermosa, y al final conseguían leer las frases escritas bajo los rostros de los bandidos, los que colgaban en la oficina del sheriff Se trataba de chicos que ya eran hombres. Ella cometió el error de quedarse, a solas, con uno de ellos en la escuela vacía, una tarde cualquiera. Se abrazó a él, e hicieron el amor con todas las ganas del mundo. Después, cuando aquel asunto dio en saberse, los hombres habrían hecho oídos sordos, pero las mujeres dijeron que era una puta, y no una maestra.
En efecto, dijo ella.
Cerró la escuela y empezó a trabajar al otro lado de la calle, en una habitación del primer piso del saloon. Sutiles son las manos de la puta de Closingtown, sutiles. Se llamaba Fanny.
Todos la querían, pero sólo uno la amaba, y era Pat Cobhan. Se quedaba abajo, bebía cervezas, y esperaba. Cuando había terminado, ella bajaba.
Hola, Fanny.
Hola.
Iban arriba y abajo, desde el principio hasta el final de la ciudad, agarrados, en la oscuridad, y hablando de aquel viento que nunca cesaba.
Buenas noches, Fannv.
Buenas noches.
Pat Cobhan tenía diecisiete años. Verdes eran los ojos de la puta de Closingtown, verdes.
Si quieres entender su historia —decía Shatzy— tienes que saber cuántos disparos tenía en aquel tiempo un revólver. Seis.
Ella decía que era un número perfecto. Piénsalo. Y haz sonar ese ritmo. Seis disparos, uno dos tres cuatro cinco seis. Perfecto. ¿No oyes el silencio, después? Ése sí que es un silencio. Uno dos tres cuatro. Cinco seis. Silencio. Es como una respiración. Cada seis disparos es una respiración. Puedes respirar rápidamente, o lentamente, pero cada respiración es perfecta. Uno dos tres cuatro cinco. Seis. Respira el silencio, ahora.
¿Cuántos disparos tenía un revólver?
Seis.
Y entonces te contaba aquella historia.
Pat Cobhan ríe por lo bajo, con espuma de cerveza en la barba y olor a caballo en las manos. Hay un violinista que toca y que tiene un perro amaestrado. La gente le tira una moneda, el perro va a recogerla y luego vuelve hacia su amo, caminando sobre las patas traseras, y le mete la moneda en el bolsillo. El violinista está ciego. Pat Cobhan ríe.
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